D’Artagnan en Halloween
Encarnar un personaje que fue todo un aventurero para dejar su hogar y partir rumbo a París,
decidido a convertirse en Mosquetero, no es tan sencillo y más difícil aun cuando se le debe poner
faldita y dejarlo desfilar por el patio de un colegio, atestado de estudiantes y de docentes que
toman algún personaje para celebrar a los estudiantes su día y demostrarles que nunca estamos
viejos para dejar salir nuestro niño interior.
Es gracioso para los demás tratar de deducir quién está representando a este gran personaje
de D’Artagnan, detrás de una máscara que personifica a un caballero francés del siglo XVII, de
tan solo 20 años, de cara larga, pómulos salientes, mandíbula prominente, ojos grandes y nariz
ganchuda, pero finamente diseñada, siendo demasiado grande para ser la de un adolescente y
demasiado pequeña para ser la de un hombre.
Por lo que entre tantas caras asombradas, tratando de adivinar quien se puso un traje de
mosquetero con máscara de hombre, sobresalen las de los niños de primaria quienes se refieren al
disfraz del “hombre con falda y cabello largo” por lo cual, es evidente que ese personaje no está
almacenado en sus cortas memorias, es totalmente desconocido y confundido más de una vez con el de un pirata.
Por el contrario para los maestros, el atuendo es familiar y particularmente para los docentes
de sociales y literatura es claro que se trata de alguno de los compañeros de D’Artagnan, un
personaje literario creado por Alexandre Dumas, quien participa en las hazañas de las historias
de los tres mosqueteros, así que las preguntas sobre el personaje son acerca del paradero de los otros mosqueteros.
Cuando se está tras la máscara, las preguntas y el asombro son notorios, por lo cual no se hizo
uso de la voz, solamente de la espada y el sombrero para exaltar la idea de un hombre aventurero
decidido a realizar hazañas junto a sus compañeros bajo el lema “todos para uno, uno para todos”.
Este personaje valiente, altanero y con grandes ambiciones representa parte de mi forma de
ser, siempre con los objetivos claros y las metas bien trazadas en mi vida, trato de dejar poco
al destino y a lo que bien quiera llegar. Por el contrario, siempre quiero tener un plan trazado
teniendo en cuenta las variables que puedan cambiarlo para tener un plan B por si algo no
funciona en el A, sin embargo, no dejo de lado que puedan ocurrir situaciones que demanden una
decisión más arriesgada y poco consciente.
Lo anterior, sustenta el uso de mi disfraz, el cual representa parte de mi personalidad y que
en las redes sociales como Facebook e Instagram no dejo de recibir “Me gusta” y uno que otro
comentario refiriéndose a lo llamativo de aquel traje rojo y dorado, que evocaba una época real,
cargada de elegancia y distinción. Particularmente, la fotografía con la máscara generó preguntas
sobre el porqué de su uso y la dificultad para deducir de quien se trataba.
Durante la noche, fueron tomadas otras fotografías sin el uso de la máscara junto a mis familiares
y amigos, que permitieron analizar el uso de disfraces por los adultos en la actualidad, lo cual no
era muy común en nuestra infancia, ya que para nuestros padres el uso de indumentarias como
pelucas, máscaras, antifaces, gorros y disfraces, eran de uso exclusivo de los niños, de modo que
para ellos sería la muestra de hacer el ridículo, sin embargo, dicha concepción de disfrazarse ha
cambiado y es cada vez más común el uso de un disfraz el 31 de octubre, bien sea para asistir a
una fiesta de disfraces o para acompañar a los niños a pedir dulces por las calles de Bogotá.
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